Desde hace ya varios años se ha venido dando en el mundo un despertar de consciencia impulsado esencialmente por el acercamiento occidental a las culturas indígenas y el uso de sus plantas de poder. La academia ha denominado a este fenómeno el Renacimiento
Psicodélico (Psychedelic Renaissance).
Lo que empezó en los años 70 con el uso de sustancias como los ácidos y el LSD, se ha transformado en la exploración mediante el uso de hongos, peyote, bufo alvarius, yagé, entre muchos otros. Hoy en día es extremadamente común saber de alguien que probó hongos de psilocibina, que asistió a una ceremonia de cacao, que utiliza rapé, ambil u hojas de coca, que hizo un retiro espiritual con ayahuasca en México o Costa Rica, e incluso que pasó días en el desierto buscando la visión sagrada del peyote… Estas búsquedas se han convertido en la respuesta a muchas necesidades, frustraciones, anhelos y vacíos de una generación que no encuentra sentido a mucho de lo que vive. Que está en desacuerdo con gran parte de los paradigmas y estereotipos económicos, sociales y culturales que priorizan el éxito sobre la felicidad. Y que trata, volviendo a las raíces y a lo ancestral, de regresar de alguna forma a sí misma.
En nuestro contexto latinoamericano, y más especialmente dentro de un ámbito netamente Colombiano, el yagé (o la ayahuasca) ha sido el principal catalizador de este tipo de procesos. Para nosotros, en Colombia, es prácticamente natural hablar de ceremonias de yagé, riegos, baños o limpiezas con plantas, purgas naturales en la selva, y en general actividades que crean un sincretismo orgánico entre espiritualidad, ancestralidad, consciencia y chamanismo. Pero específicamente dentro del contexto yagecero es frecuente escuchar una pregunta: ¿Es lo mismo un taita y un chamán? El término “tayta” proviene del Quechua (principal familia lingüística de los Andes y Suramérica) y en su sentido literal traduce “padre” o “abuelo”. Por su parte, la palabra
“samán” (chamán) viene de la lengua Tungús de Siberia, y significa “el que ve” o “el que sabe”. En este sentido, todo taita es un chamán, pero no todo chamán es un taita. ¿Por qué? Cuando se compara la función espiritual de un taita dentro del contexto yagecero, amazónico o Colombiano, con la función espiritual de un chamán en Mongolia, Norteamérica u otra latitud, su trabajo en esencia es exactamente el mismo: mediar entre mundos, planos y seres invisibles para ayudar a un ser humano real y tangible.
El taita que en el Putumayo, Caquetá o Amazonas toma y comparte su sagrada medicina, es alguien que a través de la misma ha aprendido a viajar y conocer los mundos de los espíritus. Con su canto llama e invoca a estas energías para sanar una enfermedad o contrarrestar una brujería. A través del yagé o la ayahuasca mira y lee que es lo que pasa en el cuerpo de la persona para ayudarle a recuperar su salud y la alegría de la vida.
Por su parte, los rituales que hace un chamán al tocar su tambor en una montaña, mientras danza y canta frente al fuego, cuando se viste con pieles de animales para invocar a sus espíritus, la manera en que lee el cielo o las rocas para predecir el clima; son solo formas de entrar en contacto con lo intangible para traer información de otras dimensiones y entidades por medio de una sabiduría anclada fundamentalmente en lo aborigen. Ambos personajes hacen y saben lo mismo, solo que lo practican de formas distintas. Unos hacen uso de plantas de poder y otros no trabajan con las mismas. La diferencia no está en la función espiritual que cumplen sino en cómo según la latitud geográfica se les denomina. Cambian sus rituales y el uso o no de las plantas de poder, pero su sabiduría es la misma. Ambos son intermediarios entre el mundo de la materia y el mundo de los
espíritus.
Muchas veces el mismo Taita Querubín y otros grandes taitas del pasado se referían a sí mismos como chamanes cuando explicaban su trabajo espiritual. E incluso hoy en día muchos sabedores aclaran que los significados no tienen diferencia, sino que cambian según la región geográfica donde se utilicen.


